Mascotas

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Cachorro en huelga de hambre





El lunes tuve que pasar la noche fuera de casa así que por primera vez mis dos machos se quedaron solos. Mi marido me llamó antes de irse a la cama para contarme cómo le había ido el día. Le pregunté por Barney, ya que aquella misma mañana le habían puesto las grapas. Me contó que estaba preocupado por él porque a la hora de la cena se había comportado de un modo muy extraño. Por lo visto, cuando se acercó a su cuenco lo golpeó y éste hizo un fuerte ruido. Según me explicó, el estruendo asustó al cachorro y aquella noche no quiso ni probar el pienso. Me resultó raro pues Barney siempre ha sido muy glotón pero no le di mucha importancia. Pensé que quizás se le hacía raro que yo no estuviera en casa o que tal vez estuviera desanimado por el collar isabelino. Intenté tranquilizar a mi marido diciéndole que seguro que a la mañana siguiente su voraz apetito volvía despertarse.


Llegó el martes y siguió sin probar su comida durante todo el día. Confiaba en que cuando yo regresara aquella misma noche se animaría y volvería a ser el de siempre pero cuando le di la cena mi gozo se hundió en un pozo. No la quería ni catar. Estaba irreconocible. En lugar de relajarse frente a su comedero como siempre había hecho, estiraba su cuerpo todo lo que le daban los músculos para olisquearlo con desconfianza. Probé a mezclarle el pienso con unas tiras de jamón dulce que despertaron su curiosidad. Poco a poco fue hundiendo la cabeza en el bol pero para mi sorpresa, en lugar de animarse a comer se limitó a sacar un puñado de pienso del cuenco y dejarlo en el suelo para seguir oliéndolo desde ahí. Mi marido y yo estábamos desconcertados. El perro no tenía fiebre, ni vómitos, ni diarreas pero tampoco apetito.  

Supusimos que quizás estuviera un poco triste porque entre la cojera y la úlcera lleva casi un mes sin jugar con otros perros. Además cada vez que le ponemos el isabelino se queda como un alma en pena. Para intentar animarlo, decidimos llevarlo esa noche al parque. A esas horas no suelen haber perros pero imaginamos que aún así, correr suelto le vendría bien para levantarle el ánimo y abrirle el apetito. También acordamos no colocarle el isabelino salvo que fuera absolutamente imprescindible. Barney disfrutó mucho de su escapada nocturna. Corrió por todo el parque como un galgo hasta terminar jadeando. De vuelta a casa mi marido y yo aventurábamos que se tiraría al comedero en cuanto lo viera. Sin embargo, cuando entró a la cocina pasó absolutamente de la comida.

A la mañana siguiente tampoco quiso pegar bocado. Le mezclé el pienso con atún pero ni lo probó. Repetía ese extraño comportamiento de echar la comida al suelo para olerla pero no se la tragaba. Probé a cambiarle el pienso a un recipiente más bajo, casi a ras de suelo pero seguía sin comer absolutamente nada. Empezaba a estar bastante preocupada. Barney llevaba ya dos días y medio sin comer y no parecía motivarse ante ningún estímulo. Además lo notábamos muy apático. No nos perseguía por toda la casa como solía hacer ni se asomaba a alcahuetear por la ventana.

Esa misma tarde quiso el azar que durante nuestro paseo nos cruzáramos con la veterinaria. Le comenté lo que sucedía y me aconsejó que esa noche le pusiera para cenar arroz y pollo hervido. Me garantizó que se lo comería de buena gana. Le dije que seguiría su consejo y quedamos en que el viernes en revisión le comentaría cómo había ido.

Llegó la noche y le preparé a Barney una suculenta ración de arroz con pollo a la que no le hizo ni caso. Me entristecía mucho verlo así. Ya llevaba 72 horas sin comer y me sentía impotente al no lograr acertar qué le ocurría ni cómo ayudarlo. Quisimos intentar algo más antes de quitarle el bol aquella noche. Mi marido bajó a un supermercado 24 horas que hay a pocos metros de mi casa y compró una lata de paté de cordero para perros. Olía fenomenal, daban ganas de untarlo entre el pan. Pensé que si aquello no le animaba a comer no esperaría hasta el viernes para llevarlo a la consulta. Afortunadamente aquel fuerte olor despertó el apetito de mi cachorro. Comió muy poco, lentamente y masticando fuera del cuenco pero al menos comió algo. Mi marido y yo suspiramos aliviados al verlo cenar después de tres días sin pegar bocado y aquella noche nos fuimos a dormir mucho más tranquilos.

Esta mañana le hemos vuelto a poner pienso en el comedero y apenas le ha hecho caso. En lugar de darle otra vez paté (no quiero que se acostumbre a ese tipo de comida) he querido quemar un último cartucho. Lo he llevado al parque para que jugara con sus amigos a riesgo de que perdiera las grapas en el fragor de la batalla. Barney se ha divertido como un enano y al volver a casa se ha obrado el milagro. Mi cachorro se ha aproximado a su bol y se ha comido con ganas casi toda la ración que había rechazado a primera hora.

Desde luego, cuando Barney llegó a casa no podía ni imaginar los quebraderos de cabeza que me iba a hacer pasar. Es como tener un niño de cuatro de patas. Sin embargo, son tantas las alegrías y satisfacciones con las que colma a esta pequeña familia que hace que todo valga la pena y es que, como dice el canino refrán, sarna con gusto no pica.