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Ñô stress.... Cabo Verde

Conscientes de que el mar les trajo a esta tierra inhóspita, pantalán de la esclavitud rumbo al Nuevo Mundo, los caboverdianos viven de espaldas al gran azul empeñados en negar que su esperanza de futuro también vendrá con las olas que rompen contra su naturaleza volcánica, que en nada se corresponde con el carácter de sus actuales moradores.
      Ajenos a la nueva invasión que 'padecen' tanto de blancos [esa plaga actual denominada turismo] como de otros aún más negros procedentes del Continente [aquellos que sueñan que la isla les acercará a Europa] -el nativo hace gala de una pasmosa indiferencia ante ellos- su discurrir transcurre en un pequeño microcosmos donde las coordenadas del tiempo funcionan de otro modo.
     El archipiélago de Cabo Verde emergió de la nada, del profundo mar, y su posición geográfica le ha conferido una fisonomía dispar.... al poniente, exuberante naturaleza ecuatorial y al levante, desérticos paisajes lunares. Negro y blanco, desierto y oasis, poderosos contrastes que forman parte del ser más intrínseco de las islas.

     Ignota permaneció hasta que Henrique, también llamado el Navegante, posó su huella en tierra firme a través de uno de los marinos formados en su escuela a mediados del siglo XV. Se establecieron las primeras 'feitorias' de caña de azúcar de las que apenas quedan huellas.
    Colonos blancos en una tierra despoblada distante 500 kilómetros del cabo del que toma prestado su nombre en los límites de la que hoy se denomina república de Senegal. Una zona donde el color del continente se torna oscuro.

     Pronto, los conquistadores comprobaron que la producción agrícola no justificaba los costosos gastos de la colonización y que el rédito pasaba por convertir su privilegiada situación en una lanzadera de esclavos con destino a Brasil o las Indias de Isabel y Fernando. Un floreciente negocio que sus católicas majestades no hacían ascos en tolerar (también en nombre de Cristo).

     Así, los moradores pasaron de las feitorias (factorías) a las malfeitorias (fechorías) de los tratantes. Etnias de la costa africana se concentraron y mezclaron debida y pacientemente en Cabo Verde a la espera de ser embarcados. Un mestizaje, sin olvidar la oportuna colaboración de las huestes europeas, que ha dado lugar a una de las razas más bellas que pueblan el planeta.

     Tierra de paso, tierra de espera, Cabo Verde ha sabido cultivar a lo largo de sus cerca de 600 años de existencia con pobladores humanos esa sensación de tránsito que se torna es despreocupación ante lo que existe más allá de lo que alcanza la vista. 
     Un sentimiento que te hace comprender desde el momento en que aterrizas que has traspasado un umbral donde la vida se entiende de otra manera y donde palabras como progreso o miseria carecen de significado, pero donde el vocablo comunitario renace de las cenizas a las que lo ha reducido la modernidad.

     Alegres pero no vocingleros (no se escucha ni un grito, pero tampoco un llanto, y cuando se comunican en la distancia, un silbido basta para que se acerquen a entablar conversación), amables pero no serviles, altivos pero no soberbios, trabajadores pero no hasta olvidarlo todo por alcanzar el premio de la productividad, son pobres pero no miserables porque esa categoría solo la alcanza aquel que codicia lo que poseen otros. Ellos no conocen la miseria. Su leit motiv se resume en un lema -mestizo- que aparece por doquier: Ñô stress.

     Indolentes o, sencillamente, indiferentes. Nunca lo sabrás, porque a diferencia de otros isleños, su hospitalidad está teñida de un frío orgullo, de una coraza impenetrable que no deja traslucir si eres bienvenido o simplemente tolerado, siempre y cuando tu presencia no altere su rutina.
      Y una vez allí, ¿qué hacer? Nada. Vivir y ver como la vida pasa. Nada tan agradable como despojarse de ese molesto hábito de buscarle una finalidad a cada acción. Aprender que el acontecer diario transcurre a pesar de nosotros mismos, disfrutar de una sociedad donde no se alza la voz, donde no se va deprisa y donde se ama.... tanto al semejante como la propia vida.
     Los amantes del surf en su variante del Kitesurf, encontrarán un terreno abonado para su práctica y allá les aguarda una pequeña comunidad -italiana en su mayoría-. También hay espacio para los buzos y en alguna isla
-las montañosas- se puede andar por los senderos frondosos de una naturaleza generosa. 
     Al resto, simplemente, la pasión por descubrir que la vida se puede disfrutar intensamente en el 'dolce far niente', apurando el instante. Desplazarse a las playas donde desovan las tortugas, a pequeñas calas donde arriban los tiburones o, en jeep, quad o en bici deslizarse por las dunas o acercarse a las abruptas y caprichosas cornisas que el mar ha moldeado con la lava de sus volcanes (uno sólo permanece activo).   
      El amor por las pequeñas cosas construye la existencia en estas islas. Su visualización más evidente es el trato que reciben los más pequeños, los más débiles. Cuando paseas por las calles de los poblados que dan forma a la sociedad caboverdiana te das cuenta que niños y, por qué no también los perros o gatos, son de todos.
      Los más grandes se encargan de los más pequeños y cualquiera vela porque nada les suceda. Que el trabajo es juego y que el juego es trabajar ayudando a sus mayores para luego seguir jugando entre ellos. Niños cuyos mejores amigos son perros y gatos y no costosos o complicados juguetes.
      Animales domésticos tan mestizos como sus amos.... de color y forma tan definida que todos podrían responder al nombre de 'Canelo' y que se aproximan a cualquier semejante sin temor a recibir un palo. Las islas son tan suyas, que hasta los autos los esquivan cuando lánguidamente se paran a sacudirse el calor en mitad de la calzada. 
      Sociedad mestiza donde la fusión, y por lo tanto la indefinición, es su seña de identidad. Los días se repiten de manera tan simétrica que al poco tiempo entiendes por qué no existe ningún reloj público en plazas o calles. Aqui, el tiempo no existe, los minutos es lapso de tiempo que transcurre en hacer algo, en vivir, y eso, cada uno lo mide a su manera.
      Ahora bien, todo cambia en dos momentos del día. A media tarde, cuando el sol comienza a ponerse, donde todos, hombres y mujeres, se paralizan delante del televisor para ver el partido de fútbol que la televisión retransmite -da igual que sea de la liga portuguesa, española, italiana o inglesa; todas interesan-. 
     O cuando al caer el sol - o en cualquier momento del día- se deje oír cualquier melodía. Los cuerpos parecen cobrar vida y se mueven de manera cadenciosa acoplándose al vibrante y machacón funaná, el ritmo local más internacional (fusión sonora son sabor africano, caribeño y europeo), a una especie de rap menos duro -menos urbano- que el norteamericano, al reggae o al reggaeton, los sonidos que causan furor entre los jóvenes caboverdianos.
     Tan solo una mancha que procede de los extremos importados. Del Senegal, en forma de habitantes fijos que han copado el negocio de la venta de baratijas al turista y que de forma compulsiva capturan a los blancos para llevarlos a sus tiendas a colocarles souvenir de dudosa procedencia y precios abusivos (actividad que los nativos repudian).
     Del otro lado, el nuevo tratante (blancas ávidas del producto más nacional) que "está creando una suerte de clase media local" que vive de la práctica del sexo, a medio camino entre prostitución y nueva esclavitud (no se venden por horas, no tienen tarifas, sencillamente se dejan desear a cambio de... la voluntad). 
      Una actividad que incomoda a las habitantes locales, para las que el sexo el algo tan natural como la propia vida y al que no otorgan ni valor de uso ni valor de cambio y que esta generando de manera lenta, pero inexorable, una pequeña guerra de sexos.  

     Paradojas del lenguaje, cuando permaneces algunas horas (o han sido días o semanas) en su 'isla' más internacional, Sal, no sabes si realmente su topónimo responde a una invitación imperativa a salir de esos parajes, o cuando menos, refleja una recomendación a una pacifica cohabitación, pero sin dejarte un resquicio para adentrarte en su vida. En cualquier caso, es  el recordatorio palmario que tu estancia allí es limitada y como los primeros pobladores has de partir.
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     Cuando la visión del archipiélago desaparece en el horizonte, eres consciente que una parte de él viajará para siempre contigo al tiempo que dejas una pequeña parte de tu identidad entre sus porosas rocas.... Ñô Strees. 

     
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