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Trinos en la ventana - Curruca cabecinegra

Los pájaros de El Terrao VI. Curruca cabecinegra (Sylvia melanocephala).

Durante todo el año, cuando paseas por El Terrao, tienes la sensación de estar siendo observado contínuamente por algún oculto habitante de la espesura de los setos. Sin duda es así, y así se manifiestan a través de sus cantos y de las fugaces sombras en impenitente movimiento que se aprecian entre las intrincadas ramillas de aligustres, durillos, lentiscos, tuyas, arizónicas y demás. Se trata de currucas, pequeñas aves que medran en el interior de arbustos de zonas de clima mediterráneo. Hacen allí su vida al amparo de estas plantas que les proporcionan temperaturas suaves y el alimento apropiado, insectos en gran medida, abundantes en este biotopo. La curruca cabecinegra (Sylvia melanocephala) es una de ellas.

Sylvia melanocephala


La única manera de observarlas con cierta claridad es debajo del olivo de la entrada, donde caen las aceitunas que no hemos cogido y que dejamos en el suelo para que, poco a poco, lo aprovechen las avecillas. Otras currucas, mirlos, colirrojos, zorzales, petirrojos, aprovechan el regalo. Cautas, salen del seto de durillo para comer este energético alimento de finales del invierno que les proporcione fuerzas para acometer los asuntos propios de la primavera y el amor.
Sylvia melanocephala


 
Sylvia melanocephala


        Aunque las currucas en general no son unos animales especialmente llamativos, la cabecinegra, en mi opinión, es una belleza de pájaro. Su plumaje, en los machos, ofrece diversos tonos de gris, combinados de manera elegante. Lo que la distingue y da nombre, es un conspícuo casco negro, a modo de pañuelo pirata, que le llega por debajo de las comisuras bucales, en contraste con la blanca garganta. Sobre el negro de la cabeza, destacan unos vivarachos ojos castaños rodeados de un brillante anillo de color rojo vivo, tanto en el macho como en la hembra. Esta última tiene una librea más apagada, en tonos pardos con el mismo esquema que el macho, pero de una sutil belleza.
Sylvia melanocephala


 
Sylvia melanocephala


        La hembra es todavía más difícil de ver que el macho, al menos en estas fechas de finales de invierno y principios de primavera, en las que empiezan los emparejamientos, los cantos de los machos reclamando territorio para la cría. Ahora, se dejan ver un poco más.
Sylvia melanocephala


        Las currucas son aves insectívoras habitantes de los arbustos propios de los campos de la zona mediterránea. A pesar de que todas tienen la misma alimentación entomófaga, que completan en invierno con diversos frutillos y bayas, no compiten entre sí, pues cada una ocupa un estrato diferente. La cabecinegra se mueve sobre la parte superior de lentiscos, durillos y otros.
Sylvia melanocephala


        No son escasas, afortunadamente, y nos demuestran su presencia ininterrumpidamente con sus gritos de alarma. Los arbustos parecen llenos de vida, y lo están, con los matraqueos y cantos de estos nerviosos pajaretes.
Sylvia melanocephala


        Desde mi ventana, enfrente del olivo, semioculto, disfruto de su observación y les hago fotos como si estuviera camuflado en un "hide".
Sylvia melanocephala


        He observado todos los años, que los machos de esta especie, de vez en cuando se acercan a las ventanas y, sin causa aparente, se lanzan contra los cristales, como peleándose con un oponente invisible. Supongo que, al ver su imagen reflejada en el vidrio, la confunden con un congénere invasor de sus dominios, y no eluden la pelea.
Sylvia melanocephala


 
Sylvia melanocephala


 
Sylvia melanocephala


        Mi sorpresa fue el otro día, cuando un machete de cabecinegra se posó en la reja de mi ventana y comenzó una exhibición de poses, posturas, cantos y miradas que me embelesaron y no podía soltar el dedo del disparador de la cámara. ¡Qué espectáculo dio tan pequeño animal!
Sylvia melanocephala


 
Sylvia melanocephala


 
Sylvia melanocephala


        Dirigía hacia mí sus ojos con mirada cómplice, se giraba y, dándome la espalda, comenzaba a cantar, gritando al cielo quién era el señor de ese pequeño territorio.
Sylvia melanocephala


 
Sylvia melanocephala


 
Sylvia melanocephala


        Con la garganta llena de amor, llamaba a su compañera, la incitaba a construir el nido, una pequeña estructura no muy elaborada, donde criar su pollada, a la que alimentarán, solícitos, con una buena ración de insectos y otros invertebrados.
Sylvia melanocephala


 
Sylvia melanocephala


        Terminada su exhibición, se volvió hacia mí, como despidiéndose.
Sylvia melanocephala


        ¡Hasta otro rato, majete! Espero que pronto vuelvas a mi ventana.
Sylvia melanocephala


  

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