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Campeón

Este cuento es del colega y amigo Eddy Fernández Llanes en honor a un perro que tuvo en su niñez. He querido darlo a conocer por su valor literario y la historia que narra para que los amigos amantes de los animales y de las cosas lindas que están escritas y aún no se publicanaún, lo puedan apreciar.


Por Eddy Fernádez Llanes

Ayer, once de abril de 1955 fue mi cumpleaños: trece abriles. Y hoy por la mañana mi padre me anunció que iré a vivir para casa de mi tía Julia y el Guajiro Idelfonso. No me asombró la noticia porque en eso de estar de un lugar a otro, soy el uno. Primero comenzó a criarme mi abuela Emilia, quien también tuvo que atender a mi tío Mongo cuando le cortaron un pedazo del pie. Después viví con mi abuela Lucía, la cual murió a los pocos años. Y más tarde fui con mi madrastra Candita. No sé qué pasó, porque al poco tiempo me llevaron para casa del tío paterno, Fidelio; después con otro tío materno, Naco, y ahora estoy aquí, con mi perro Campeón.

Mi tía trabaja como conserje en la escuela pública y el Guajiro tira cañas con un camión Comando de la Segunda Guerra Mundial.

En la casa hay una sola foto grande, es de Andrea, mi madre, que está sobre el viejo escaparate. Su rostro es casi perfecto, con la frente despejada me mira con expresión triste y lejana. Siempre hay un búcaro con flores frescas junto al retrato.

-No tienes que estar viviendo en casa ajena - , dice mi tía Julia con determinación.

El Guajiro, callado, observa la escena, mientras yo tengo el matulito repleto de muñequitos, revistas, libros viejos y alguna ropa. Le doy vueltas entre las piernas mientras mi perro juguetea con el bulto.

Por la tarde, mi primo Boris y yo comenzamos a construir una casita cerca de la mata de chirimoya. Campeón nos observa y mueve su cola mientras gime bajito. Hemos traído zinc y con algunas tablas viejas armamos la casa del perro. Boris se al frente y comenta:

-Está un poco de lado.

Me molesta ese afán del primo de ir siempre al detalle. Yo la veo bien. No obstante, me convence, volvemos a desarmarla y rehacerla. Satisfecho, veo como mi perro se asoma a su nuevo hogar, lo mira, olfatea, penetra poco a poco, gira varias veces sobre sí, se echa y me lanza una mirada como diciendo: ¡Está bien!

Según pasan los días y las semanas Campeón está más hermoso, le he enseñado a dar la pata, a sentarse, a dar la vuelta y saltar sobre un cajón, también a esperar quieto cuando entro a algún lugar. Lo he entrenado en los giros a la derecha y a la izquierda, a marchar a mi lado sin adelantarse ni retrasarse. ¡Es increíble lo que puede aprender un perro! Lo llamo una vez y vuela hacia mí, ya no se queda entretenido sin obedecerme ni se lanza sobre las visitas ensuciándolas con sus patas; siempre quiere complacerme y mueve de gozo su cola cuando lo alabo. Ya no es el cachorro juguetón; tiene madurez y carácter. Cada vez que terminamos las clases, se tiende, pone su cabeza entre las patas delanteras y me observa moviendo solo los ojos, como si fuera un niño en espera de la caricia; cuando lo hago, cierra los párpados.

Mi primo Calé y yo cumplimos algunos encargos de tía Julia en la casa de su también tía Manuela. Al regresar, tengo una sensación extraña. Mi tía, mientras plancha, me mira y quita la vista, y repite la operación hasta que la pieza de tela está en orden.

-¿Pasa algo, tía?

-Creo… que tu perro está enfermo.

Salgo corriendo, y detrás de mí Calé. Al llegar al patio veo a Campeón que echa espuma por la boca; lo cargo, me mira con sus ojos vidriosos, mueve levemente la cola. Calé trae agua, le echo en la cabeza, le lavo el hocico.

-¡Está envenenado! -. Trae aceite, le grito a Calé.

Le abro la boca y le echo el aceite. Campeón no deja de mirarme. Yo le acaricio la cabeza y Calé la cola. Tía Julia nos observa seria, diría que triste. De pronto Campeón comienza a moverse agitadamente, se retuerce, estira sus patas y se queda rígido; lo cargo, lo muevo a un lado y otro, una furia animal me invade, lo pongo en el suelo, y corro por las calles buscando al culpable… Calé corre tras de mí gritando algo que no entiendo.

Es casi de noche, estamos al fondo de la casa de mi tío Fidelio, rodeados de árboles frutales. Yo cargo a Campeón envuelto en un saco de yute, Boris cava el hoyo y el Milli saca la tierra con una pala vieja. Calé, Capirro, Marquitos, Pototo y el Venao, sostienen unas velas encendidas. Toda la pandilla está aquí.

Ahora deposito el bulto y Boris comienza a echarle tierra encima; al final, el Milli pone varias flores sobre el pequeño túmulo de tierra y clava una cruz de madera.

-Las tumbas de los animales no llevan cruz, dice Marquitos.

-¿Por qué?, indaga el Milli.

-Porque no son humanos, le responde Marquitos.

-Pero Dios los creó al igual que a nosotros, comenta Boris.

Nos quedamos silenciosos observando las llamitas de las velas moverse suavemente.

Estoy sentado en la columbina, no puedo dormir, siento apretazón en el pecho. Cierro los ojos y recuerdo cuando encontré a Campeón tan pequeñito, que cabía entre mis manos. Lo veo corriendo alegre a mi lado y de pronto me viene su imagen convulsionando entre mis brazos. Me miro las manos, las aprieto, algo extraño ha pasado en mí… no sé qué es, solo recuerdo a mi cachorro…

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