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Carta a mi perro adoptado que está en el cielo

Desde hace varios meses había tenido la idea de comprar un perro, pasé por varios lugares pero resultaban un tanto caros. Algunos me sugirieron adoptar uno, pero no sabía ni por dónde empezar, así que estuve indagando entre mis conocidos por si sabían de alguien que fuera a tener cachorros pronto.

Pasaron las semanas y no obtenía ningún resultado, así que me decidí por ir a un refugio a buscar un perro no mayor a dos meses, recorrí varios, los requisitos que pedían eran como si fuera a adoptar a un niño, no lo entendía. Cansado y hastiado de buscar y no encontrar a ningún cachorro, estaba dispuesto a rendirme.

En una reunión con amigos, comenzamos a hablar sobre el tema, y uno de ellos me comentó “¿Por qué no adoptas a un perro ya viejo?”. Lo medité por un segundo, ¿un perro viejo requeriría más esfuerzo, cierto? Mi amigo continúo, “estarás dando una oportunidad de vida a un perro que no ha conocido el amor de un humano”. Vaya, ahora resulta que también me tendría que convertir en un salvador de un perro, yo solo quería uno como compañía no para salvarle nada... pero qué equivocado estaba.

Regresé a uno de los refugios, caminaba por las jaulas hasta que un pequeño suspiro llamó mi atención, me giré a ver y ahí estabas tú, con esos ojos café intenso, casi negros, me miraste y sentí algo en mi corazón. Comencé los trámites para llevarte a casa conmigo, la señora que te cuidaba me advirtió que habías sufrido mucho, que te habías topado con gente muy cruel que te había lastimado y casi desaparecido tu espíritu, dudé un poco en llevarte conmigo, no quería invertir tanto esfuerzo para que confiaras en la gente, pero algo dentro de mi me decía que te diera una oportunidad, la realidad es que me la estabas dando tu a mí.

Los primeros días fueron muy difíciles, te arrinconaste y no creías que no te haría daño, poco a poco me fui acercando y por primera vez sentiste una caricia en tu cabeza, mientras yo sentía un inmenso amor que crecía en mi alma. Los días pasaron y nos fuimos volviendo cómplices. Siempre te encontraba muy atento en la puerta al llegar del trabajo, esperabas paciente a que te sirviera tu cena y a que pudiera o tuviera energía para darte un paseo, siempre mirando fijamente, siempre moviendo tu colita muy despacio.

En mis peores días, llegabas sin pedir nada y recostabas tu cabeza en mi regazo, no pedías que te acariciara, sino era tu manera de consolarme y hacerme sentir bien. Poco a poco comenzaste a erradicar la soledad que en mi vivía, a comprender mis días negros y a disfrutar los paseos, sin correr, sin desesperarte, simplemente a mi lado sin separarte.

Te escribo esta carta para decirte gracias, gracias por salvarme de la obscuridad, gracias por llenar mi vida de alegría con tus juegos y tus ocurrencias, como ocultar calcetines para después jugar con ellos, gracias por hacerme ver que no fui yo quién te salvó la vida, sino que fuiste tú quién salvó la mía y me dio la oportunidad de amar de verdad.

Dedicada a mi gran amigo que un día llenó mis días de luz y que ahora alumbra el cielo con sus grandes ojos café intenso.

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