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Collares eléctricos, de pinchos y de ahorque prohibidos, ¿y ahora qué?

Desde que la Comunidad de Madrid publicase el día 22 de julio del año pasado en el BOCM la LEY 4/2016, que por otro lado hay que “coger con pinzas”, se generó una creciente ola de frustración y negación de determinados “profesionales” a los que parece que les falta el aire, más ahora que el 10 de febrero entró en vigor. “Si no puedo utilizar estas herramientas para trabajar con los perros, ¿cómo lo hago?

¿Y ahora qué?

Así que mi respuesta es clara: ¡bienvenidos al momento de vuestra formación! Es la hora de aprovechar a los grandes profesionales nacionales e internacionales que tienen la delicadeza de trabajar de otra forma y que imparten cursos, talleres y seminarios para que aprendan a hacer el cambio en su forma de actuar.

¿Incluso con perros agresivos?

¡¡Precisamente!! Y es que no acercarse a esta ventana del entrenamiento animal a estas alturas, no tiene ningún sentido.

Que el miedo y el dolor funcionen para modificar conductas o enseñar ejercicios, no significa que sean una forma muy efectiva a la hora de conseguir resultados. ¡Y además está demostrado! De no ser así, quienes buscamos profundizar en el respeto y renovamos cada día nuestro repertorio de acciones posibles frente a casos difíciles, sin pensar siquiera en utilizar la fuerza ni cualquier forma de sometimiento, estaríamos ociosos a la espera de que alguna alma despistada nos llamara para jugar a la entrega de salchichas. Y, afortunadamente, estamos lejos de ello.

Castigar y reforzar (positiva o negativamente) son términos que ya utilizaba Skinner para presentarnos su teoría del condicionamiento operante, con el más puro estilo conductista.

Dejando a un lado la discusión ética que supone el empleo de la fuerza y el dolor físico o daño psicológico que pueda causar esta forma de entrenamiento, basar nuestro trabajo en la eliminación de respuestas no deseadas del animal, no le llevará a aprender una forma alternativa de comportarse, sino a contener sus acciones para evitar una consecuencia desagradable, sin tener otra opción clara para responder que le sirva como vía de escape a una situación determinada.

La violencia genera violencia, e incluso un perro sin problemas comportamentales que sea entrenado de la manera tradicional, puede generar respuestas agresivas a situaciones diversas, a las sesiones de entrenamiento, a personas u otros estímulos, precisamente por el propio condicionalmiento clásico. La frustración de contener un impulso sin poder redirigirlo con seguridad hacia otro comportamiento, no hará que un perro agresivo reduzca su agresividad potencial, y si no ha aprendido cómo canalizarlo en otro tipo de respuesta, tendremos que continuar utilizando estas herramientas para contener una situación que no ha aprendido a gestionar, sino a reprimir (y esa represión, no durará para siempre sin el uso de correctivos).

En el otro extremo, podemos toparnos con perros que se encuentran en indefensión aprendida.

No hablamos de utopías, hablamos de ciencia y de resultados contrastables.

Dispuestos a hacer un cambio

Para quienes no ven la salida pero están dispuestos a esforzarse en cambiar, les animo a realizar cursos con diferentes especies (¡no os podéis imaginar el enriquecimiento que aportará a vuestra visión en el entrenamiento con perros!) y estar dispuestos a aprender y a tener la mente despierta.

Además, la oferta formativa es amplia, por lo que tener formación continua y actualizada es un auténtico lujo con el que poder contar.

Si estás en la cuerda floja porque la forma de trabajar con animales se ha basado siempre en la utilización de este tipo de herramientas y necesitas darle la vuelta para ajustarte a la normativa en Madrid, y con suerte en breve en el resto del territorio nacional (ya en Barcelona y ahora también en Valencia) ¡da el paso hacia el conocimiento, el respeto y tu evolución profesional!

Fuente: este post proviene de Sentido animal, donde puedes consultar el contenido original.
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